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capitan santa cruz ii

 

LA VALQUIRIA

Ocaso de un gigante

 

Las valquirias, eran aquellas femeninas deidades de la mitología nórdica, que tenían como tarea elegir a los más heroicos de aquellos caídos en batalla y llevarlos al Valhala: allí curarían sus heridas. Y esto era necesario ya que Odín (dios de los Vikingos) precisaba guerreros para que luchasen a su lado en la batalla del fin del mundo.

 

Y de la mano de la Valquiria no sabemos si de Sigfrida o de Sigrun– navegaba nuestro gigante, nuestro navío vencedor, proveedor de tantas alegrías, cumplidor de tantas ilusiones. Navegaba ahora al día de su final, a ese momento a veces triste, a veces mágico, que nos enciende la memoria y nos hace recordar, ya con risa, ya con llanto toda una vida pasada. Jorge Manrique lo describiría en su poesía con tanto acierto:

 

“Y pues vemos lo presente

Cómo en un punto es ido

Y acabado

Si juzgamos sabiamente,

Daremos lo no venido

Por pasado

No se engañe nadie, no,

Pensando que ha de durar

Lo que espera,

Más que duró lo que vio,

Porque todo ha de pasar

Por tal manera”

 

Y es que tan trascendente es su inicio, como lo es su final.

 

Testigos hay aún, de aquellos maravillosos días en que la Motonave Santa Cruz fue protagonista. Aquellos que cuentan con orgullo las hazañas de nuestro héroe en extinción, sin ningún afán de rendirse, ni ahora ni nuca. Su espíritu sigue intacto. La fuerza humana a quien cobija y cuyos corazones registran galopantes y fuertes latidos, no han bajado los brazos ni un solo día. Por el contrario, parecería que trabajan con más fuerza que antes, con más ahínco, con más urgencia. Sucede que estos días de espera, crece la expectativa a niveles épicos, casi intolerables.

 

Ya hasta los fantasmas han dejado su natural modestia. Ya no quieren ser anacoretas, sino protagonistas. Cuenta el tercer ingeniero que “el Jefe Arce” anda más inquieto que nunca, es de tal desfachatez que osa empujarlo en su cercano y fugaz tránsito por el cuarto de generadores, haciendo ruidos de silbato salvavidas: largo y sostenido, capaz de escucharse a largas distancias. Tal vez es su manera de decirnos que no lo dejen, que aún le quedan horas de susto y que Odín aún puede esperar.

 

Y así la vida a bordo, consumiendo el último brío, los últimos pertrechos, las últimas destrezas. Cuánto hay de pintura: pues lo que haya, nada de maquillajes fúnebres, porque vamos a presentarnos en nuestro mejor traje, y a pintar se ha dicho. Hay algo que no funcione: pues no. Es más, nunca ha funcionado mejor. Los ejemplos sobran como cuando en legendario y eficientísimo trabajo pudieron nuestros ingenieros recuperar la función del gobernor de estribor: quien lo hubiera pensado.

Y en el salón hacen Carlitos y su tropa una máquina de eficiencia, una fiesta de alegres y cálidas sonrisas en contagioso entusiasmo.

 

Nos hacen pensar en sus primaveras de esplendor, en aquellos personajes formidables, casi míticos que hicieron historia; como fueron Carlos Moncayo, Fernando Peñaherrea, Peter y Pilar Karch, Antoon y Anita Blom, Klaus Fielsch, Carlos Puno y otros queridísimos personajes quienes modelaron ejemplo de las generaciones que les siguieron. Serían ellos quienes le imprimieran al “Santa” su carácter terriblemente amigable, por su calidad humana, por su carácter enérgico -pero siempre justo-, y por su empuje e incansable afición al trabajo.

 

Comenta la tripulación, sin cesar en los pasillos que los barcos son como los seres humanos: “le aseguro Capitán que tienen alma”. Nuestro Santa se da cuenta que está próximo a quedar rezagado, y teme el día de presentarse disminuido a su joven antagonista: verse insignificante, vulnerable y senil, después de haber sido un gigante, el más grande, el más importante. Cual será mi destino – se pregunta – es este mi fin? O será Sigfrida –La Valquiria– quien me lleve a otros lugares remotos del mundo a presentar batalla.

 

Y es que ya hemos perdido la cuenta en el carnaval de las despedidas: un día una parrillada, otro con un bingo, más allá un histórico Quiz, una gesta futbolística, discursos, brindis, euforia y hasta con llanto. Lo cierto es que el tiempo inexorable no se detiene y las ceremonias no tendrán fin, mientras lo hombres y mujeres que lo tripulan hallen descanso, y revivan de las cenizas – como el ave Fénix- en los elegantes pasillos del nuevo Santa Cruz II. Porque es allí donde cuentan su trabajo recompensado, y que dicha recompensa sea quizás la última o al menos la más espectacular de sus vidas profesionales. Gran orgullo del quehacer duro y honrado que adorna a quienes tripulan naves de tanto prestigio.

 

Esperábamos entonces con sentimientos encontrados: viva ilusión y taciturna melancolía.

 

Pero sepan aquellos que tienen la paciencia de seguir este relato, que la vida tiene la singular manera de hacer que las cosas predecibles nunca sucedan. Y estarán ustedes de acuerdo cuando sepan lo que a continuación les contaremos: mientras pensábamos todo por concluido, llegó la noticia que este no sería el fin! Que el Santa Cruz debía navegar por más tiempo, esta vez a cumplir una especialísima misión que la bautizarían como “Legado”, llevando toda la capacidad del barco en cruceros de niños a los sitios de visita de las islas Galápagos. No puedo negar que tal noticia causó algo de confusión por lo breve e inesperada. Y ahora qué, Cómo la tripularemos? – nos preguntábamos-. Sin embargo, prevaleció el gran espíritu marinero y conocido los detalles se presentaron felizmente dispuestos a seguir adelante sin desmayo.

 

Empezó entonces una rapidísima planificación, casi frenética, llena de inquietudes que se irían resolviendo con certeza en unos casos y al azar en otros, pero con soluciones al fin. Solo permaneceríamos un grupo reducido, al que bautizaríamos como “los desterrados” – porque todos los demás se habrían de mudar- diezmados a menos de la mitad, y apremiados a multiplicarnos una y mil veces.

 

Debo confesar que en días anteriores a tal proyecto, cuando los ánimos languidecían esperando el ineludible desenlace, algo en mi interior me hacía pensar que la retirada no podía, ni debía ser tan anónima, sino algo distinto, espectacular, más romántico tal vez.

 

Y una vez más pudo la intuición.

 

Este sería el gran final, cuya honorífica tarea solo puede ser encomendada a nuestro legendario Santa Cruz. Por eso nos llenamos de contento cuando vimos los primeros niños subir por la escala real, alborotados en candorosa expectativa, a darle nueva vida a nuestros míticos salones, que vivían ya con corazón prestado.

Me acuerdo de mí mismo cuando niño, subí por primera vez a un barco que venía a las Islas Galápagos – el Calicuchima-. Experiencia maravillosa que no olvidaré en todos los días de mi vida. Pues ahora la historia se repite.

 

Pero antes de seguir, debo hacer un paréntesis para contarles algo que no puedo evitar hacerlo, aunque no hace bien la tristeza –pero a veces es inapelable– , y es más que nada la impresión que me causó, cuando terminado nuestro traspaso de todas la “cosas” al nuevo Santa, en una peregrinación interminable de cachivaches – hasta la niña de las M y el Jefe Arce se mudaron – quedó todo en silencio. Un agobiante vacío se apoderó del ambiente, dejando de repente una sensación de pesaroso abandono. Nos despedimos con fuertes sonidos de ese poderoso Pito neumático de los buques mercantes, que se escuchan a millas de distancia. Y nuestros saludos eran correspondidos una y otra vez.

 

Hasta que los perdimos de vista. Ellos en el esplendor del inicio y nosotros en la melancolía del ocaso. Todos estábamos en los barandales de babor, meneando los brazos frenéticamente y dando “alegresadioses de separación.

 

¡Ay! Cuántas veces al reír se llora!

¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,

Porque en los seres que el dolor devora,

El alma gime cuando el rostro ríe!

 

Reír llorando – Juan de Dios Peza

 

Y dicho esto, cerramos este paréntesis. Ahora era tiempo de iniciar un nuevo capítulo, siendo los niños quienes nos devuelvan el entusiasmo, con sus bulliciosos juegos e inocentes travesuras.

 

En horas de la tarde del domingo, había en el muelle de Puerto Ayora un gran alboroto. Parecía que se había dado cita toda la isla. Que habrá pasado –me pregunté- . Luego supe para mi asombro, que eran familias enteras que se habían reunido: papa, mamá, abuelitos, tíos, primos y todos mismo, despidiendo a sus pequeños y queridísimos hijos que embarcaban nada más y nada menos que en nuestro Santa Cruz! Se me ha encogido el corazón –por el peso de la responsabilidad de todos nosotros- cuando descubro la gigante expectativa de un pueblo en pleno, que pone en nuestras manos a sus tesoros más preciados.

 

Así empezó nuestra aventura, aunque con tripulación reducida a menos de la mitad, y desdoblando todas las energías posibles, vamos saliendo como podemos. El trabajo se centuplica, ya no podemos atender los comedores de oficiales, ni de tripulación, de manera que comemos todos en el gran comedor de pasajeros.

Nuestros paseos son un cúmulo de ideas innovadoras donde afloran todas las experiencias pasadas y presentes. Todo se mezcla en emociones, en entusiasmo, en delirio. Todo pasa tan rápido y en cámara lenta a la vez! Como que lo pasado nunca fue y lo presente nunca tendrá fin. Y al final del camino, todo parece haber sido un sueño, del que tal vez, pero solo tal vez, despertemos algún día.

 

¿Qué es la vida? Un frenesí,

¿Qué es la vida? Una ilusión,

Una sombra, una ficción,

Y el mayor bien es pequeño;

Que toda la vida es sueño,

Y los sueños, sueños son.

La vida es sueño. Calderón de la Barca

Y en sueños también puede darse Odín por dichoso, cuando vea a la Valquiria traspasar el umbral de su reino con el guerrero más valiente y el más heroico de las islas Galápagos.

 

Christian Cuvi Rinsche

12 de octubre 2015